El taller de las muñecas rotas

Atardecía; el taller de las muñecas todavía estaba abierto. Allí trabajaban tres laboriosas modistas dirigidas por una señora mayor de gran personalidad, con un carácter muy humano pero, a la vez, fuerte como un roble; de esa clase de personas que se han hecho a sí mismas, fijas en sus ideas pero tolerante con los demás. Estaba algo delicada de salud y, aún así, nunca se quejaba, era como si por cada muñeca arreglada a ella le dieran años de vida. No disfrutaba por el coste o el tiempo que cada muñeca había necesitado, su satisfacción estribaba en la labor realizada por sus modistas y en cada muñeca terminada.

La labor de las modistas era como una obra de arte; cada puntada era importante, las muñecas no se podían dejar hilvanadas, eso podría destrozar el trabajo de meses, era mejor dar un par de puntadas pero bien dadas. Cada muñeca tenía su tiempo, incluso agujas e hilos diferentes. Las modistas se guardaban muy bien cada una de sus herramientas e trabajo, pues aún trabajando juntas, no podían mezclarlas, aunque de vez en cuando entre ellas se preguntaban ¿cómo te va a ti con ésta? Y la otra le respondía según el destrozo que la muñeca hubiese traído. Eran verdaderas artesanas, ese trabajo no se paga con dinero, les gustaba su trabajo y lo hacían con mimo y esfuerzo, aunque había días que también salían cansadas y otros pensativas, a ver cómo podían arreglar aquella muñeca que había llegado nueva.

Esa tarde llegó una señora, de baja estatura, algo entrada en carnes y con seguridad en cada movimiento. Traía en una caja a una muñeca. Se limitó a dejar el encargo de arreglarla y, por lo visto, no le corría prisa, ni siquiera dejó el nombre de la muñeca para poder identificarla de las otras. Tampoco abrió la caja para mostrar los arreglos que deseaba que le hicieran.

La dueña del taller abrió la caja y, al ver el destrozo que traía la muñeca, la dejó en manos de su mejor modista. Esta quedó algo sorprendida, no recordaba haber tenido que arreglar una muñeca así desde hacía tiempo. En primer lugar la desvistió. Llevaba un vestido con dos bolsillos y cual fue su sorpresa que en cada uno de ellos llevaba dos pequeños muñequitos y ninguno de ellos estaba en mal estado. Lavó a la muñeca y le secó el pelo con una toalla y le hizo un vestido nuevo y un nuevo peinado. Le cosió todos los rotos que traía por dentro; esta tarea duró meses. La modista estaba contenta de cómo le estaba quedando la muñeca, aunque no siempre se podía dedicar a ella, pues había otras a las que atender y que pronto vendrían a recoger.

La muñeca, desde su sitio en la estantería, observaba a sus compañeras. Todas eran diferentes, incluso había una de color que un mal día se cayó de la estantería y no hubo forma de arreglarla, así que la tiraron. Había una muñeca en la esquina que no era mala, pero siempre estaba enfadada y se metía con las demás. Otras presumían de lo guapas que habían quedado y decían que por muchos arreglos que le hicieran a otras, no tenían solución.

La modista ya se estaba hartando de la estúpida muñeca; por más remiendos que le hacía, el relleno del cuerpo se le salía por todos lados. Le cosía un remiendo y le salía otro, “¡ya está bien! –decía la modista- te quedarás en la estantería, yo ya no puedo hacer más por ti”.

La muñeca la comprendía pero, ¿qué podía hacer ella?, ¿era su culpa que se le abriesen los remiendos? Por muy buena modista que fuera, aquello no tenía arreglo. Solo la imagen del vestido nuevo y los dos muñequitos en los bolsillos sonriendo, decían algo de aquella muñeca, pero en sus ojos había un vacío infinito. Muchas veces se preguntaba por qué aquel niño malo la destrozó de esa manera. Estaba rota por todos lados pero seguía viva, pero ya no tenía luz, hubiera sido mejor que la hubiera roto del todo.

La dueña del taller también se estaba cansando, pues nadie, ni aquella señora emperifollada, venía a recoger la muñeca; era como si hubiese querido deshacerse de ella sin tener que tirarla al cubo de la basura.

La muñeca estaba triste, sola, pero no podía llorar, se sentía impotente.

Amanecía, abrí mis ojos y me aseguré de ver bien dónde estaba, respiré hondo… por un momento pensé estar en el taller de las muñecas rotas… sólo había sido un sueño. (AVRR).

Este cuento fué escrito durante mi estancia en el centro de acogida. Las modistas representan a las psicólogas, los hilos con los que cosen a las muñecas son las terapias por eso no se pueden mezclar y cada muñeca tiene sus propios hilos. La señora del taller es la directora del centro. Las muñecas rotas son mis compañeras del centro y las estanterias son los pasillos donde estan las hábitaciones de las residentes. Los muñequitos de los bolsillos son mis hijos.

Espero que os guste.

Esta entrada fue publicada en artículos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El taller de las muñecas rotas

  1. segura dijo:

    Unicamente las mujeres que hemos pasado por ésto entenderán este artículo, espero que te vaya muy bien en la vida amiga, y que hayas conseguido superar la pesadilla que supone la violencia de género. Os felicito por la página, Saludos y suerte

Responder a segura Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *