De la libertad o de ¿Qué elegimos para andar?

Carelia Mayorga Butrón

Hace algunos días me encontré haciendo una maratónica caminata, de esas que son tan usuales en Armilla: del piso al supermercado, del supermercado al correo, del correo al proveedor de fruta, y, de ahí, a otros tantos destinos, que ahora ni recuerdo. Mis pies reclamaban un descanso a voces, a pesar del calzado “cómodo” que llevaba. En verdad, son mis pies y no los zapatos que calce, los que me dan problemas para caminar. No sé si por el dolor e incomodidad o por la tranquilidad propia de Armilla, pero, sentada en la banca de una calle muy transitada, tuve la sensación de que sólo podía oír los pasos que dan las mujeres a mi alrededor como si el resto de sonidos del mundo hubiese sido eliminado por algún misterioso y mágico aparato moderno. ¿Cómo sonaban los pasos de las mujeres? De todos los modos imaginables. Eran tan diversos como ellas mismas. Algunos pasos eran ágiles, fuertes; otros, cansinos, despreocupados. Algunos tenían la capacidad de transmitir agobio, dolor, tedio, esperanza, prisa, indecisión, fenómenos vividos por quienes los dan.

Por un momento, pensé que hace algunas décadas los pasos de las mujeres estaban controlados, no podrían haber ido a todos los sitios a los que ahora van, ni podrían haber ingresado a todos los lugares a los que entran o en los que permanecen y eso me llenó de satisfacción, pensar en todo lo que ha cambiado y en cómo las mujeres deciden cuándo, dónde y qué pasos dar.

Pero, cuando disfrutaba observando las individuales e irrepetibles maneras de caminar que tenemos las mujeres, fue inevitable contemplar con qué damos esos pasos, con qué producimos sinfonías de vivacidad y alegría, o con qué producimos sonidos discordantes o con qué imitamos un réquiem de luto total. Los zapatos que llevamos para caminar, han sido y son, elegidos por nosotras, al menos en la mayor parte de casos.

Esos zapatos que escogemos nos pueden facilitar o dificultar dar pasos, avanzar, y eso es exactamente lo que sucede con los pasos que damos en nuestra vida hacia la igualdad y justicia entre mujeres y hombres.

Tacones de vértigo, sandalias, manoletinas, taco cuña, extremadamente planos, botas, zapatillas, chanclas, estaban en mi observación y en la explicación interna que me daba a las formas en las que caminamos que ponen en evidencia nuestro mundo interior, nuestra forma de vivir, nuestras dolencias, fortalezas, decisiones, prisiones y sumisiones. Y, es que, los zapatos, cualquiera sea su denominación son elegidos por las mujeres. Algunos nos facilitarán llegar a donde nos proponemos, o donde necesitamos llegar, otros nos harán daño, pudiendo tullirnos, detenernos o hacernos retroceder.

Es así como podemos analizar los avances que hemos dado en nuestra vida las mujeres, no sólo por los pasos dados, sino con qué los damos y qué nos producirán en el futuro, así que abrid los ojos, no vaya a ser que por estar a la moda escojamos los zapatos que nos incomoden, atrasen o saquen del camino. No sólo importa avanzar sino cómo lo hacemos. Además, el camino de la equidad, no es un camino llano y lineal, hay varias metas por alcanzar, son varios tramos los que hay que cubrir. Para avanzar en terrenos difíciles puede ser que necesitemos zapatos de clavos que se agarren bien a la superficie y que no hagan que nos despeñemos en el abismo del olvido o del fracaso.

Alcancemos la igualdad y justicia que reclama nuestra dignidad sin aceptar cualquier medio, sintamos la libertad en todo el proceso, no sólo en cada paso que damos sino también cómo los damos, si nos detenemos, que sea a causa de nuestros pies no por los zapatos que escogemos.

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